04 noviembre 2010

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Estoy tan harta de arrastrarme todos los días sobre las páginas de un libro caducado que nunca parece tener fin, o que a lo mejor, ya ha acabado antes de empezar. Estoy cansada de deambular bajo la sombra de mis deseos, y acabar gastándome en soledad a orillas de cualquier atisbo enfermizo de imaginación descontrolada. Estoy muy harta de los semáforos que me paran en mi camino, y no me dejan correr desnuda sobre el campo y amamantar de la madre tierra el último sorbo de café. Estoy harta de ser, de no poder ser lo que quisiera ser, o sea, nada. Estoy cansada de llorar mirando la pared, pensando que en cualquier momento saldrá de allí un gran barco, que me llevará tan lejos, que nunca nadie podrá recordarme, que no haya memoria que tenga algún rasguño de mi presencia. Estoy cansada de existir, hoy yo quisiera abrazar el vacío. Estoy tan cansada de ser tan cambiante, de no tener un yo sólido, que se mantenga estático en todo momento, y deje de moverse como una ameba con pseudópodos por todo el territorio del delirio. Estoy tan harta de tener que darme una explicación ante mí misma, de saber que me compongo de una materia ajena a la de los demás, que soy yo quien está fallando, y no el resto del mundo por no ser como yo. No. En realidad, nada de esto tiene sentido. Estoy harta de mí, de saber que aún vivo.