20 marzo 2010

No me gusta saber que cumplo años. No me importa tener que tragarme la muerte y escupir después las ganas de desaparecer, mientras que a mi alrededor, todo se inunda de alcohol y rutina. Cuando escribo, sé que ya no soy la que era hace tiempo, la vida misma me está arrastrando hacia la mediocridad, por eso odio ser feliz, porque así no puedo engendrar todo esa locura vivípara que antes depositaba su embrión en mi estómago, y desde ahí se ramificaba por todo el cuerpo. No me gusta estar bien, porque me aburro si no me detesto, me canso si no lloro, y si pasa un día sin que sienta que el fin es inminente, que está rozando mi labio superior como una larva a punto de metamorfosearse en espejo, entonces siento también, que estoy perdiendo el tiempo. Odio tirarme al abismo y caer en brazos de alguien, que siempre me levante y me devuelva el aliento, odio no poder matarme cada noche, y sentir a la mañana siguiente, al despertar, que todo fue un bonito sueño, y que mi cuerpo sigue ahí, inerte como piedra ante su propio peso. No sé, es curioso, pero el conformismo me hace miserable, ahora que estoy bien, que tengo en mi vida todo lo que antes anhelaba tener, que tengo quien me quiera y tengo a quien querer, parece como que añoro esos momentos en los que añoraba tener todo esto, y ahora que lo tengo, añoro no tenerlo para añorar tenerlo y querer evaporarme.

Soy una puta sadomasoquista, me gusta hacerme mal, y cuando estoy bien, me disgusto.

1 comentario:

Rosalía R. dijo...

Una vez, volviendo de juerga y aún medio borracha hablé con un fotógrafo de la creación literaria. Le hablé de la necesidad del desequilibrio, de la sensación de vacío cuando te tropiezas y de que la alegría y la estabilidad son como un cuaderno y un bolígrafo en el bolso cuando estás de puta madre en un garito.
Luego, queda el resto del tiempo. Cuando estás jodido. Hay quien además, lo necesita.

Suerte con el lunes :).